I
Antonino bajaba a casa a arreglarse, que la noche festiva prometía. Daba gusto bailar los pasodobles y los tangos pegadito a Quintina, por más que don Justo sermoneara furibundo que eran bailes demoníacos y corruptores que abocaban a las puertas del infierno.
Camino de casa le alcanzó un auto que bajaba por la calle. Se hizo a un lado para dejarle paso y mirarlo bien. Era un espectáculo ver esos cacharros mecánicos rodando sobre suelas de goma que no levantan el estruendo de las herraduras de las caballerías y las llantas férreas de los carros. El vehículo paró y se apearon tres hombres que le obligaron a montar en él. Venían armados con pistolas y modales bruscos e imperativos. «Vaya. La hemos fastidiado».
Pasó ante la casa, cerrada. No vio a nadie. Sus padres no estaban a la fresca en los taburetes, ni los pequeños del vecindario jugaban en la calle. El levantamiento de los militares había helado el verano. Las tertulias nocturnas a la puerta de casa quedaron suplantadas por murmullos en las cocinas, o silencio y ceños apretados en un salón, al lado de la radio. El automóvil se perdió vega abajo por la carretera.
—Se acabó el paseo de lujo en coche. Sube a la camioneta —le ordenaron a empellones.
La Furiosa esperaba en un cruce con varios hombres sentados en silencio contra los laterales de la caja. Uno de los pasajeros le aupó del brazo cuando no logró subir a la primera. Levantaron la trampilla y La Furiosa arrancó. Estuvo un rato petardeando por el tubo de escape, que despedía una nube de humo sucio de gasóleo y cargaba el aire de un hollín irrespirable, hasta que se ventiló con el movimiento. «¿Dónde nos llevarán ahora? Si no aviamos pronto, esta noche se fastidió la fiesta». Antonino pensaba con decepción en los bailes frustrados con Quintina, prólogo de deleites más íntimos que él, ansioso, no veía el momento de recrear. Prensaba su medalla hasta marcarse en la palma de la mano el nombre grabado en el reverso. «Quintina... Quintina...». El mozo sentado a su lado, el mismo que le había ayudado a subir, le sacó de sus cavilaciones.
—¿Y esa rodilla? —le preguntó en voz queda.
—Se va arreglando poco a poco, gracias.
Caminaba mal que bien después de llevar la pierna arrastras dos días, pero otra cosa era dar saltos y encaramarse a una camioneta.
Frente a ellos viajaban tres jóvenes que cambiaban continuamente de postura en el asiento de tablas. Miraban a todas partes con disimulo, aunque sus ojos veloces, inquietos, no se posaban en ningún lado. Los faros del coche, detrás, iluminaban las caras con claroscuros tenebrosos; parecían medias lunas menguantes. A la derecha de Antonino había un hombre maduro, inmóvil, la barbilla clavada en el pecho y las manos caídas sobre las piernas. Ninguno de los cuatro decía nada. Elías, el único que hablaba, le murmuró al oído:
—Esos no te quieren a ti, querrán a tu hermano. ¿No está metido con los del ayuntamiento? Diles que se han confundido y te soltarán.
Antonino sospechaba que su hermano se había enredado en algo peor, pero no sabía hasta qué punto.
—Me soltarán a mí y le cogerán a él. No ganaríamos nada.
El ruido del motor y el traqueteo del vehículo en la carretera de tierra dificultaban la conversación. Elías no podía callar. Más que hablar, mascullaban las palabras entre dientes a un volumen a duras penas audible.
—Dicen que vamos a declarar al cuartel de Fuentecén, pero no te fíes. Anoche mataron a tres mineros en la Serrezuela. En cuanto vea hueco, yo doy un brinco y echo a correr.
—Esos son capaces de dispararte.
—Si echamos a correr puede que nos den o puede que no. No hay otra. Si nos quedamos aquí, el tiro lo tenemos asegurado; si nos escapamos, alguna posibilidad habrá de que no atinen.
La camioneta redujo la marcha y dejó la carretera. Los pasajeros se alarmaron, desatándose en murmullos de preocupación. La respiración de los viajeros se aceleraba y el aire de la caja se cargaba de un vaho cálido y pegajoso. Olía a gasóleo quemado y a sudor denso, y Antonino juraría que también a orines y algo más fuerte. Los vehículos entraron al chorro de Valdesuero y se detuvieron después de un giro pronunciado.
—¡Arrea! —Elías le dio un codazo y se apeó con el impulso de un saltamontes.
Antonino le siguió al instante, aunque le dolía la rodilla y su salto resultó menos ágil. Procuró caer sobre la pierna izquierda para no dañarse la maltrecha.
—¡Alto! ¡Alto ahí! —voceaban los pistoleros, que saltaron del coche blandiendo sus armas.
El otro fugitivo había desaparecido en las sombras cuando Antonino echó a correr fuera del campo luminoso de los faros. Varios disparos siguieron su rastro. El coche maniobró para dirigir sus luces en pos de los escapados, pero en el área que alcanzaban a iluminar al pie de la ladera no se veía a nadie. Los pistoleros se habían entretenido acribillando una camisa vacía abandonada en el aulagar, y se enzarzaron en blasfemias y reproches mutuos.
Antonino se vio favorecido por la luna casi redonda y corrió ladera arriba sin estamparse contra pedruscos y matojos, aunque daba continuos traspiés que a menudo le hacían correr a gatas y se escarnecía las manos y las rodillas en las ramas espinosas de las aulagas. Paró tras el primer carrerón a tomar resuello para lanzarse de nuevo a la huida. La noche plateaba fuera de los caudales de luz amarillenta de los faros. En el cielo aclarado por la luna solo titilaban las estrellas más enérgicas. Oyó nuevas descargas que horadaban el silencio nocturno. Y que la tierra rehusó acoger a esos heraldos del múltiple crimen y los ecos de los disparos rebotaban de una a otra ladera, estremeciendo los pueblos adormecidos, amplificándose por unos instantes hasta que al fin se diluyeron en la oscuridad.
II
A las 10 horas se emprende la intervención en el Monte Costaján, en un claro junto al camino de las Loberas, 250 m al este de la antigua carretera Nacional I. El relieve de estas campiñas se tiende en suaves ondulaciones hacia la vega del Duero con una pendiente media del 2%. El monte Costaján ocupa un interfluvio entre el Gromejón, el Bañuelos y el arroyo Najero, tributarios del Duero, cuyas aguas discurren 4 km al sur. El subsuelo está constituido por depósitos continentales de la era Terciaria sedimentados en capas horizontales: arenas, limos arcillosos y limos arenosos.
El director de la campaña cerró el mapa geológico tras cotejar sus apuntes y anotó en el diario las coordenadas del GPS para el punto de referencia de la excavación.
—¡Un hueso!
Lázaro abrió los ojos para detener los recuerdos. Había soportado dos horas de inquietud hasta que se retiró a la sombra ardiente de un roble. Al amodorrarse con la canícula, las trochas de su memoria le habían retraído a una noche de agosto, sesenta y siete años atrás. Era la víspera de san Bernardo. Lázaro, su primo Luciano y dos jornaleros ajustados a destajo, esperaban un carro para bajar a la era las gavillas recién segadas al pie del monte. Habían apurado la tarde segando hasta el anochecer y maldecían el retraso del carretero, que les obligaría a cargar a oscuras ese último viaje. A la luz esquelética que un cuchillo de luna creciente derramaba sobre los campos agostados, cantaban coplas para entretener la espera. Por la carretera subían unos faros que tomaron el camino de las Loberas. El del carro se habría vuelto a emborrachar y les mandaban un camión. Mejor, así llegarían antes a casa.
—¿O será una piedra? —dudó Tirso.
Las luces de la villa, aquella noche, quedaban difuminadas lejos, a tres cuartos de hora de caminata. Dos vehículos se acercaban y los segadores salieron a llamarlos al camino. Un camión y un coche se detuvieron frente a ellos. Se apearon cuatro figuras siniestras recortadas contra los faros que cegaban la vista, cuatro hombres armados con pistolas que les conminaron a subir a los estribos del camión. El trayecto acabó en ese lugar que ahora, a la luz del día, parecía risueño; un claro de monte junto al camino de las Loberas. Los segadores se desollaron las manos cavando a toda prisa la tierra endurecida por el estío. Se afanaban en silencio doblados sobre la tierra, apremiados por las voces de los pistoleros y sus armas amenazadoras, que a la luz de los faros chispeaban destellos acerados y fríos. Abrieron un hoyo en el calvero junto a un roble añejo; el mismo árbol cuya sombra amistosa le cobijaba esa mañana de fuego. Rachas de murmullos delataban la presencia de un grupo de personas en el camión; el tufo de su angustia rezumaba bajo el toldo.
La mano experimentada de Alejandro, el director, relevó a la de su ayudante y destapó con pericia la cabeza de un fémur y parte de la diáfisis.
—Es lo que buscamos —dijo, satisfecho de ese primer hallazgo que aseguraba el éxito de la excavación.
Lázaro no se atrevía a proseguir por los recovecos de su memoria. Se levantó renqueando de su poyo de piedra al oír la novedad y se asomó a la calicata. El viejo no se contagió del júbilo del arqueólogo. Se descubrió la extensa calva, que blanqueaba al sol en contraste con su tez tostada, y con la boina recogida en las manos murmuró una oración. Sus ojos desprendieron lágrimas silenciosas que se perdieron por las arrugas del rostro, curtido al sol y al hielo de esa tierra; bendita tierra, maldita tierra.
De un manotazo espantó una mosca que le cosquilleaba la cara. La cata abierta por los arqueólogos, con el montón de tierra cribada al lado, le recordaba la fosa que se vio forzado a abrir aquella noche lejana. El recuerdo le estremeció, le heló la sangre y le dejó aterido bajo el solazo inmisericorde del mediodía de julio. Terminada la zanja, aquella otra noche, los segadores fueron apartados a un lado. Apenas les dio tiempo a ver que habían bajado cuatro pasajeros del camión. Una descarga atronó el monte rasgando el silencio nocturno, perforando de fogonazos los chorros de luz amarillenta de los faros, la negrura de la noche entre los árboles, y los cuatro asesinados se desplomaron en la hoya. Apearon del camión a otra hilera silenciosa de hombres, otros cuatro, que formaron mal alineados ante la fosa. Sus caras se veían desencajadas a la luz rasante de los faros. Sus piernas vacilantes, desobedientes, no sabían sostenerlos; dos cayeron de rodillas y otro a gatas. Sus cuerpos, desmadejados por la descarga de las pistolas, fueron a caer sobre los de sus compañeros. Ocho cadáveres se amontonaron en un santiamén en la fosa del monte Costaján que ellos habían abierto con las manos desgarradas. Ocho; no se le olvidará en la vida: los días que faltaban para su cumpleaños, la edad de su hermana pequeña, las noches que llevaban pegados a la radio que el padre compró a propósito para conocer los progresos del Glorioso Movimiento Nacional. Ocho. ¡Ocho!
[...]